En medio del entusiasmo, la ansiedad y la disputa global por la inteligencia artificial, cada cierto tiempo aparece un texto que, más que explicar una tecnología, revela una visión de mundo. Eso es lo que ocurre con las 22 tesis difundidas por Palantir, una empresa que no solo desarrolla software avanzado para defensa, inteligencia y seguridad, sino que además busca instalar una narrativa sobre cuál debería ser el rol de la tecnología en la nueva era.

No se trata simplemente de una provocación intelectual. Tampoco de una reflexión abstracta sobre innovación. Lo que proponen estas tesis es, en esencia, una doctrina del poder: una visión donde la tecnología deja de ser entendida principalmente como herramienta para ampliar bienestar, productividad o capacidades humanas, y pasa a ser concebida como infraestructura estratégica de control, superioridad y dominación geopolítica.

Ese es el punto de fondo, y por eso este debate importa tanto, especialmente para América Latina y el sur global.

La tesis central que subyace al manifiesto es que Occidente, particularmente Estados Unidos, debe recuperar propósito histórico a través de una alianza estrecha entre Silicon Valley, el Estado y el aparato de defensa. En esa lógica, la inteligencia artificial no sería solo una tecnología transversal para transformar sectores productivos, mejorar servicios o fortalecer la ciencia, sino un instrumento para reconstruir la primacía estratégica de una potencia.

Dicho de otro modo: la innovación ya no se mide solo por su capacidad de resolver problemas humanos, sino por su capacidad de fortalecer el hard power (capacidad de un Estado para influir, presionar o imponer su voluntad mediante fuerza militar o coerción económica).

Ese giro no es menor. Porque cuando una empresa plantea que el software debe estar al servicio de la seguridad nacional, que las armas autónomas son una evolución inevitable, que el crimen y el orden deben volver al centro de la conversación pública, y que ciertos consensos democráticos habrían debilitado a Occidente, lo que está haciendo es redefinir el horizonte ético de la tecnología. Y cuando esa empresa, además, tiene contratos relevantes con gobiernos, defensa e inteligencia, esa visión deja de ser teoría y se convierte en agenda.

Aquí aparece una primera alerta. Una cosa es reconocer que la tecnología no es neutral y que toda sociedad necesita capacidades estratégicas. Eso es cierto. Otra muy distinta es aceptar que el futuro deseable sea uno donde la inteligencia artificial se consolide principalmente como herramienta de vigilancia, disuasión, clasificación de riesgos y expansión del poder estatal o corporativo.

Ese modelo puede resultar funcional para países que lideran la carrera tecnológica y militar. Pero no necesariamente es deseable, ni conveniente, para el resto del mundo.

Para el sur global, el riesgo es profundo. Porque cuando las grandes potencias articulan la IA como un activo geopolítico, lo que se redefine no es solo la competencia tecnológica, sino también las condiciones de dependencia. Ya no hablamos únicamente de importar hardware, software o plataformas. Hablamos de depender de infraestructuras de cómputo ajenas, de modelos entrenados bajo lógicas externas, de estándares normativos diseñados sin nuestra participación, y eventualmente de arquitecturas de seguridad que pueden terminar condicionando libertades, presupuestos públicos y márgenes de soberanía.

Ese es uno de los grandes temas que este tipo de manifiestos deja en evidencia: la disputa por la IA no es solamente económica. Es política, institucional, cultural y civilizatoria.

Por eso sería un error leer estas tesis con ingenuidad. Algunas de sus críticas tocan puntos reales. Es cierto que durante años buena parte de la industria tecnológica concentró talento extraordinario en optimizar publicidad, consumo y entretenimiento, mientras desafíos estructurales como energía, defensa, productividad estatal o capacidad industrial quedaban relegados. También es cierto que muchos países han subestimado la importancia de construir soberanía tecnológica y políticas industriales de largo plazo.

Pero identificar correctamente un problema no implica que la solución propuesta sea la correcta.

Y ahí está la gran diferencia. Porque frente a la crisis de sentido, Palantir no propone una tecnología más democrática, más inclusiva o más orientada al bien común. Propone una tecnología subordinada a una idea de poder nacional, con una fuerte carga militar, jerárquica y disciplinaria. No es una visión de emancipación tecnológica. Es una visión de alineamiento tecnológico al servicio de una arquitectura de control.

Para América Latina, África y otras regiones del sur global, copiar ese camino sería estratégicamente torpe y éticamente riesgoso.

Sería torpe porque no tenemos la misma posición en la cadena global de valor, ni el mismo acceso a capital, talento, cómputo e infraestructura crítica. Entrar a competir bajo las reglas de las superpotencias, imitando su enfoque más securitario y militarizado, probablemente nos dejaría en el peor de los mundos: comprando tecnología externa, transfiriendo datos estratégicos, reforzando dependencia y debilitando la inversión en capacidades locales verdaderamente transformadoras.

Y sería éticamente riesgoso porque nuestras democracias, en muchos casos, ya enfrentan fragilidades institucionales, desigualdades persistentes y déficits de confianza. Introducir tecnologías de IA bajo un paradigma centrado en vigilancia, predicción y control, sin marcos robustos de derechos, transparencia y rendición de cuentas, podría profundizar exclusión, sesgos, abusos y nuevas formas de colonialismo digital.

El sur global necesita otra conversación.

Necesita una visión de inteligencia artificial que fortalezca productividad, educación, salud, gestión pública, ciencia aplicada, resiliencia climática y desarrollo territorial. Necesita IA para ampliar capacidades humanas, no para reemplazar deliberación democrática por lógica algorítmica. Necesita construir infraestructura, talento y gobernanza con una mirada de largo plazo, no quedar atrapado entre el hype del mercado y la urgencia geopolítica de otros.

La pregunta no es si debemos desarrollar capacidades estratégicas. Debemos hacerlo. La pregunta es desde qué principios.

Y ahí es donde el debate se vuelve decisivo. Porque el futuro de la IA no puede quedar definido solo por quienes tienen más capital, más poder militar o mayor capacidad de imponer estándares. Si el sur global no participa activamente en esta discusión, corre el riesgo de vivir una nueva fase de dependencia: esta vez no basada únicamente en materias primas o manufactura, sino en datos, modelos, infraestructura computacional y marcos regulatorios diseñados desde fuera.

Por eso hoy más que nunca necesitamos una agenda propia. Una agenda que combine innovación con derechos humanos, productividad con inclusión, soberanía tecnológica con cooperación internacional, y desarrollo económico con sostenibilidad social y ambiental.

No basta con observar lo que hacen las grandes potencias. No basta con admirar sus avances ni con temer sus excesos. Nos corresponde construir una respuesta propia, con identidad, con criterio y con responsabilidad histórica.

Porque la inteligencia artificial puede profundizar brechas o ayudarnos a cerrarlas. Puede concentrar poder o democratizar capacidades. Puede ser usada para vigilar y disciplinar, o para educar, producir, anticipar riesgos, fortalecer comunidades y resolver desafíos complejos.

Nada de eso está completamente definido todavía.

Y justamente por eso este no es momento para la pasividad, la alienación ni el cinismo. Es momento de involucrarse.

La llamada a la acción es clara: debemos sumarnos a comunidades, redes y espacios de articulación que permitan incidir en el rumbo de la inteligencia artificial desde una mirada democrática, ética y sostenible.

En ese camino, iniciativas como ACHIADS son fundamentales, porque generan ciudadanía tecnológica, pensamiento crítico, colaboración multisectorial y una voz activa desde el sur global para no quedar al margen del desarrollo sostenible de la IA. Participar, aportar y organizarse ya no es opcional. Es parte de la responsabilidad de nuestro tiempo.

Saludos,

Rodrigo Carrillo – Socio Sube IA – VP ACHIADS


admin

CONSULTOR DE PROYECTOS DE INNOVACIÓN, EMPRENDIMIENTO Y TECNOLOGÍA PARA ORGANIZACIONES EN CHILE Y LATINOAMÉRICA Ingeniero Civil Industrial con mención en Informática, apasionado por la Innovación, Emprendimiento y Tecnología. Stanford GSB Ignite

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