Ética, Poder y Ciudadanía en un Mundo Multipolar

Un ensayo desde el Sur Global

Autor: Rodrigo Carillo González

Apasionado por la Sociología, Filosofía, Historia, Tecnología (Inteligencia Artificial), Desarrollo Sostenible y Educación

Fundador y vicepresidente de ACHIADS — Asociación Chilena de Inteligencia Artificial para el Desarrollo Sostenible

Socio y Director Sube IA

Osorno, Chile Junio de 2025

La pregunta imposible

Era un domingo cualquiera terminando el otoño en Osorno cuando mi padre me hizo la pregunta que no he podido responder. Estábamos en la sobremesa, esa hora suspendida después del almuerzo donde las familias chilenas procesamos el mundo entre el último sorbo de vino y los restos de algún postre. En la televisión, las imágenes de siempre: bombardeos en Gaza, trincheras en Ucrania, declaraciones contradictorias de líderes mundiales que hablan de paz mientras envían armamento. Mi madre sentada frente a mi y mi padre a mi costado derecho, aunque en lo personal no sigo las noticias, es un hábito del cual busco siempre conversar con mis padres viendo ese espectáculo cotidiano de la violencia globalizada. Entre las noticias, apareció un fragmento de una entrevista a Pedro Pascal en el Festival de Cannes, hablando sobre la situación de los migrantes en Estados Unidos y las políticas de Donald Trump. “Quiero vivir en el lado correcto de la historia”, dijo el actor chileno-estadounidense ante las cámaras del mundo, con una urgencia ética que se coló por la pantalla hasta nuestra mesa familiar.

“¿Y tú, en qué lado estás?” me preguntó mi padre, sin apartar la vista de la pantalla.

No era una pregunta inocente. Mi padre, que en su juventud militó en el socialismo democrático y creyó en la Unidad Popular, que vivió la dictadura como trabajador de clase media y celebró el retorno de la democracia, había cambiado. Lentamente, casi sin que nos diéramos cuenta, había migrado hacia un conservadurismo liberal que ahora le hacía defender el libre mercado como única vía de progreso y desconfiar de cualquier discurso que oliera a transformación social. “El poder económico es el que realmente trae bienestar”, una frase que se ha repetido hace años, con esa convicción de quien ha encontrado respuestas definitivas a preguntas complejas.

Yo, sentado a su lado, cargaba mis propias contradicciones. Ingeniero formado en una universidad pública regional y estatal, fundador de una asociación que busca poner la inteligencia artificial al servicio del desarrollo sostenible, había pasado los últimos años navegando entre tecnologías desarrolladas en Silicon Valley y La Araucanía (una de las regiones más “pobres” de Chile), entre algoritmos de recomendación y comunidades mapuches, entre conferencias sobre innovación tecnológica y protestas con olor a lacrimógenas. ¿En qué lado estaba yo?

La pregunta de mi padre no era solo familiar; era civilizatoria. En un mundo donde China reivindica su modelo autoritario como más eficiente que la democracia occidental, donde Estados Unidos invade países en nombre de la libertad mientras su propia democracia se fractura, donde Rusia habla de valores tradicionales mientras bombardea hospitales, ¿cómo determinamos cuál es el lado correcto de la historia?

Esta pregunta me persigue desde esa sobremesa entrando el invierno en Chile. No porque no tenga principios éticos claros — los tengo — , sino porque he aprendido a desconfiar de las respuestas fáciles. He visto cómo las grandes narrativas sobre el progreso y la justicia se transforman en herramientas de poder. He sido testigo de cómo causas nobles son instrumentalizadas por intereses particulares. He observado, desde mi pequeña ciudad en el sur de Chile, cómo los medios de comunicación contaminan el debate público y cómo las redes sociales amplifican tanto la solidaridad como el odio.

Pero también he visto algo más esperanzador: he visto comunidades construyendo alternativas concretas al individualismo y la depredación ambiental. He participado en proyectos donde la tecnología sirve para empoderar a sectores vulnerables en lugar de concentrar más poder en élites globales. He aprendido, trabajando desde los territorios, que es posible hackear las herramientas del sistema para ponerlas al servicio del bien común.

La respuesta que no le di a mi padre ese domingo es la respuesta que busco construir en este ensayo: estar del lado correcto de la historia no significa alinearse con una superpotencia, una ideología dominante o un modelo hegemónico. Significa algo más complejo y más humano: significa elegir, día a día, en cada decisión personal y colectiva, aquello que dignifica la vida, que reduce el sufrimiento evitable, que construye condiciones para que todas las personas puedan florecer.

Pero esta elección no se hace en abstracto. Se hace desde un lugar específico — en mi caso, desde el Sur Global, desde una familia trabajadora, desde una región marcada por la resistencia indígena y la colonización extractivista — y en diálogo permanente con quienes piensan distinto, incluso cuando ese diálogo duele, incluso cuando desafía nuestras certezas más profundas.

Escribo desde la incomodidad de quien creció creyendo que las cosas podían ser distintas, y desde la sospecha de que esa misma creencia puede convertirse en una nueva forma de ceguera. Escribo desde la convicción de que no hay respuestas definitivas, pero sí hay formas más humanas de buscarlas. Y escribo, sobre todo, desde la esperanza de que es posible construir una ética común sin renunciar a la diversidad, una ciudadanía global sin caer en el universalismo impositivo, una crítica al poder sin perder la capacidad de proponer alternativas.

Mi padre sigue esperando mi respuesta. Y yo sigo construyéndola, palabra a palabra, acción a acción, conversación a conversación. Porque quizás esa sea la única forma honesta de estar del lado correcto de la historia: no desde la certeza, sino desde la búsqueda permanente de coherencia entre nuestros principios y nuestras prácticas.

Esta es la historia de esa búsqueda.


Primer Movimiento: La herencia de una promesa rota

Crecí creyendo que la alegría ya venía. Mi padre, adherente de la Unidad Popular en su juventud, había depositado en la transición democrática chilena toda la esperanza que la dictadura le había robado. Durante mi niñez y adolescencia vi a mi familia participar en campañas por el “NO” y por Patricio Aylwin para primer presidente post dictadura, conversando todos apasionadamente sobre el retorno de las libertades, imaginar un país donde sus hijos tendrían oportunidades que a ellos les negaron. “La única herencia que les vamos a dejar será la educación”, nos decían nuestros padres, ya “recuperada” la “democracia”, sin entender del todo lo que significaba, pero que se quedan grabadas en algún rincón de la memoria.

Cuarenta años después, esa generación que puso toda su fe en la democracia mira a sus hijos con una mezcla de orgullo y desconcierto. Nosotros, los que tenemos cuarenta y tantos años hoy, fuimos la generación del experimento: los primeros en formarnos completamente en democracia, los que íbamos a cosechar los frutos de la transición, los destinatarios de esas promesas de movilidad social y progreso sostenido.

Pero algo salió mal en el camino.

Estudié en una universidad pública regional y estatal, me titulé de ingeniero, he sido docente, escritor, emprendedor, funcionario público, fundé organizaciones, he trabajado incansablemente, y sin embargo aún visualizo en país la misma precariedad laboral que mis padres, la misma sensación de estar siempre al borde, la misma distancia entre las promesas del sistema y las posibilidades reales de construir una vida digna y qué decir de quienes no tuvieron los mismos privilegios que yo, ya sean en mi paìs, mis países vecinos o el resto del mundo. El título profesional que debía ser nuestra llave de entrada al “primer mundo” se convirtió en un papel más en el escritorio de una economía que premia la especulación financiera por sobre el trabajo productivo.

Desde el Sur de Chile, esta contradicción se vuelve aún más evidente. La Araucanía fue durante décadas la región más pobre del país — hasta que crearon otra región aún más pobre y así, por arte de magia estadística, salimos del último lugar sin que mejorara sustancialmente nada. Es una metáfora perfecta de cómo operan las promesas del desarrollo: cambiar los indicadores sin transformar las realidades.

En esta región he visto cómo conviven el extractivismo forestal, la resistencia mapuche, la universidad pública que me formó, y los proyectos de innovación tecnológica. Es una geografía de contradicciones que refleja las tensiones globales: por un lado, los discursos sobre derechos humanos y diversidad cultural; por otro, la criminalización sistemática de la protesta indígena. Por un lado, la retórica del desarrollo sustentable; por otro, las forestales que convierten bosque nativo en monocultivos de pino y eucalipto.

El estallido social de octubre de 2019 no me sorprendió. Fue la confirmación masiva de algo que veníamos sintiendo hace años: las promesas de la transición democrática habían sido, en gran medida, una estafa generacional o lo que también llamo, “el falso sueño americano Chileno”. No una estafa consciente, sino algo más sutil y por eso más doloroso: la sincera creencia de que el crecimiento económico y la estabilidad institucional se traducirían automáticamente en bienestar para las mayorías.

Mi padre, que había migrado lentamente hacia posiciones conservadoras, veía el estallido como una amenaza al orden que tanto había costado construir. Yo lo veía como la expresión legítima de una frustración acumulada. Ahí se cristalizó la distancia generacional: él defendía las instituciones porque recordaba lo que era vivir sin ellas; yo las cuestionaba porque había comprobado que no bastaban para generar justicia social.

Pero esta experiencia chilena no es excepcional. Cuando levanto la vista desde Osorno hacia el panorama global, veo patrones similares repitiéndose en todas partes. Los chalecos amarillos en Francia, las protestas contra la brutalidad policial en Estados Unidos, los movimientos estudiantiles en Colombia, las manifestaciones en Hong Kong: todas expresan, de formas distintas, la misma crisis de legitimidad de las promesas del orden liberal democrático post-1945.

La Declaración Universal de Derechos Humanos, la ONU, el sistema de Bretton Woods, todos los organismos multilaterales creados para garantizar que “nunca más” se repitieran las barbaries del siglo XX, parecen incapaces de enfrentar las barbaries del siglo XXI. No porque sean instrumentos inútiles, sino porque han sido capturados por las mismas lógicas de poder que supuestamente debían regular.

Desde el Sur Global, esta captura se ve con particular claridad. Chile puede ser miembro de la OCDE y presumir de indicadores macroeconómicos, pero sigue liderando los índices negativos de desigualdad, salud mental y conflictividad social. Los organismos internacionales aplauden nuestros números de crecimiento del PIB mientras ignoran que somos uno de los países más desiguales del planeta.

Es como si hubiera dos Chile: el que aparece en los reportes de inversión extranjera y el que explota en las calles cada vez que la gente no puede pagar el transporte público. El que celebran en las cumbres internacionales y el que mira desde la periferia cómo las élites económicas y políticas se perpetúan en el poder independientemente de quién gobierne.

Esta duplicidad no es accidental. Es estructural. Y se replica a escala global: hay un mundo de las instituciones multilaterales, los foros económicos y las declaraciones diplomáticas, y hay otro mundo de fronteras militarizadas, guerras por recursos, refugiados climáticos y trabajadores precarizados. Los mismos países que firman acuerdos sobre derechos humanos venden armas a dictaduras. Las mismas corporaciones que hablan de sustentabilidad financian la deforestación. Los mismos líderes que prometen paz preparan nuevas guerras.

Mi padre, en su paso del socialismo democrático al conservadurismo liberal, había hecho el mismo recorrido que muchas instituciones post-1945: había perdido la fe en la transformación social y había decidido abrazar el orden existente, convencido de que era lo único realista. Su cambio personal reflejaba un cambio civilizatorio más amplio: el abandono de las promesas emancipadoras de la modernidad a cambio de la estabilidad del status quo.

Pero yo había llegado a una conclusión distinta. No se trataba de abandonar los valores del orden post-1945 — dignidad humana, democracia, cooperación internacional — sino de reconocer que habían sido traicionados por quienes tenían el poder de realizarlos. La pregunta no era si esos valores seguían siendo válidos, sino cómo rescatarlos de quienes los habían secuestrado para legitimar la dominación.

Desde mi pequeña ciudad en el sur de Chile, viendo cómo las promesas globales se estrellaban contra las realidades locales, había comenzado a intuir que la respuesta no vendría de arriba hacia abajo, sino desde los márgenes hacia el centro. No desde las potencias hacia la periferia, sino desde los territorios hacia las instituciones. No desde los organismos internacionales hacia los pueblos, sino desde las comunidades hacia las estructuras de poder.

Era una intuición que tendría que poner a prueba navegando por los laberintos de la era digital, donde las promesas de conexión global y democratización del conocimiento comenzaban a revelar sus propias contradicciones profundas.


Segundo Movimiento: En el laberinto de los espejos

La primera vez que vi a uno de mis amigos compartir un video generado por inteligencia artificial como si fuera una noticia real, entendí que habíamos entrado en una nueva era de confusión civilizatoria. Era un video corto, aparentemente inocuo, pero sus ojos no parpadeaban con naturalidad y los movimientos labiales no coincidían perfectamente con las palabras. Para alguien que trabaja con IA, las señales eran evidentes. Para mis amigos — profesionales universitarios, personas formadas, ciudadanos informados — era simplemente otra noticia más en el torrente infinito de contenido que circula por nuestras pantallas.

Cuando fundé la Asociación Chilena de Inteligencia Artificial para el Desarrollo Sostenible, una de mis motivaciones principales fue precisamente esa: la sensación de que estábamos navegando a ciegas por una revolución tecnológica que nadie nos había explicado completamente. En Chile, la actualización de la política nacional de inteligencia artificial se discutía en círculos cerrados, con escasa convocatoria ciudadana. El proyecto de ley que hoy se debate en el Congreso se elaboró sin consultar seriamente a la sociedad civil. Los foros internacionales de la ONU sobre gobernanza de IA reproducían los mismos vicios de siempre: pequeños espacios representativos de una democracia en crisis, donde las decisiones que afectarán a millones se toman entre unos pocos.

Era urgente construir una propuesta desde la sociedad civil organizada, llevar la voz de la diversidad, de ciudadanos comunes que estaban experimentando en carne propia el impacto gigantesco de la inteligencia artificial en todos los espacios sociales. Necesitábamos una visión descentralizada, diversa en sectores, industrias, perspectivas y generaciones. Porque lo que estaba en juego no era solo el futuro de una tecnología, sino el tipo de sociedad que íbamos a construir con ella.

Pero pronto descubrí que vivía en una especie de esquizofrenia permanente. Por las mañanas podía estar participando en un foro internacional sobre ética de la IA, discutiendo marcos regulatorios y principios de transparencia algorítmica. Por las tardes, me encontraba explicándole a mis amigos cómo reconocer un deepfake o por qué ese artículo que habían compartido provenía de una fuente poco confiable.

El contraste era abismal. En los espacios oficiales se hablaba de “IA responsable” y “desarrollo centrado en el ser humano”, mientras en las redes sociales los algoritmos amplificaban fake news, teorías conspirativas y discursos de odio a velocidades imposibles de controlar. Las mismas empresas que promovían la “democratización del conocimiento” construían sistemas que polarizaban sociedades enteras y concentraban poder económico y político en unas pocas manos.

Me convertí, sin proponérmelo, en una especie de traductor entre mundos que no se hablaban. Pasaba horas enviándole a mis amigos guías para reconocer desinformación publicadas por medios internacionales, buscando cuentas de fact-checking confiables, tratando de que se convirtieran en “faros que iluminaran a sus propias comunidades” en lugar de contaminar el debate público con información no verificada.

No se trataba de estar de acuerdo o en desacuerdo con sus posturas políticas. Se trataba de algo más básico: de que si íbamos a comunicarnos, al menos lo hiciéramos con información verídica. Pero incluso esa tarea aparentemente simple se volvía compleja cuando cada algoritmo de recomendación estaba diseñado para confirmar nuestros sesgos previos, cuando cada plataforma digital nos encerraba en burbujas informacionales que reforzaban nuestras creencias existentes.

El sesgo de confirmación, amplificado por la inteligencia artificial, había convertido a las redes sociales en laberintos de espejos donde cada persona veía reflejada una versión distorsionada de la realidad que confirmaba sus peores temores o sus más dulces esperanzas. Ya no compartíamos un mundo común sobre el cual debatir; habitábamos mundos paralelos construidos por algoritmos que maximizaban el engagement emocional por sobre la veracidad o la utilidad social de la información.

Desde mi trabajo en ACHIADS, intento promover un uso distinto de estas tecnologías. Buscamos demostrar que la IA puede servir para resolver problemas sociales concretos, para empoderar comunidades vulnerables, para democratizar el acceso al conocimiento y las oportunidades. Pero cada pequeño avance en esa dirección contrastaba con la velocidad a la que las mismas tecnologías se usan para concentrar poder, manipular percepciones y profundizar desigualdades.

Es como intentar llenar una piscina mientras alguien más abría todos los desagües. Por cada proyecto de IA ética que buscamos implementar, surgen mil aplicaciones que reproducen o amplifican las injusticias existentes. Por cada algoritmo diseñado para reducir sesgos, aparecían cientos que los perpetuaban sin control ni accountability.

La sensación de esquizofrenia se intensifica cuando participo en espacios de política pública. Las instituciones hacen esfuerzos mínimos para incluir a la ciudadanía en debates que determinarían el futuro de nuestras sociedades. Existe la voluntad de participar — yo lo veo constantemente en mis redes, en mi comunidad — pero las distancias, la precariedad laboral, las responsabilidades familiares, la complejidad técnica de los temas, todo conspira para que la discusión se mantenga en círculos cerrados de expertos y tomadores de decisión.

¿Cómo podemos hablar de “IA centrada en el ser humano” si los seres humanos concretos están excluidos del proceso de definir qué significaba eso? ¿Cómo podemos promover “algoritmos transparentes” si la mayoría de la población no tiene las herramientas básicas para entender cómo funcionaban esos algoritmos en su vida cotidiana?

Gradualmente fui entendiendo que mi experiencia personal reflejaba una fragmentación más amplia. No solo vivimos en burbujas informacionales diferentes; habitamos realidades epistémicas completamente distintas. Lo que para mí es evidencia científica, para otros es propaganda ideológica. Lo que para mí es progreso tecnológico, para otros es amenaza existencial. Lo que para mí es complejidad que requería matices, para otros es relativismo que debilitaba las convicciones necesarias para la acción.

En este laberinto de espejos, cada espejo reflejaba una versión parcial de la verdad, pero ninguno la contenía completa. Y yo, navegando entre foros internacionales y conversaciones familiares, entre papers académicos y memes virales, entre algoritmos de machine learning y fake news de WhatsApp, comenzé a entender que la respuesta no estaba en elegir un espejo por sobre los otros.

La respuesta estaba en algo que había aprendido desde mi formación y desarrollo personal desde el Sur de Chile: en mantener los pies en el territorio mientras participaba en los debates globales. En reivindicar los espacios comunitarios de construcción colectiva frente a la presión individualista de la era digital. En buscar siempre el equilibrio entre lo macro y lo micro, entre los foros internacionales y las conversaciones con amigos, entre la participación en política pública y el trabajo de hormiga en la propia comunidad.

Porque quizás la única forma de salir del laberinto de espejos no era encontrar el espejo “correcto”, sino construir ventanas: espacios de encuentro donde diferentes perspectivas pudieran dialogar sin anularse mutuamente, donde la diversidad fuera vista como riqueza en lugar de amenaza, donde la tecnología sirviera para conectar en lugar de fragmentar.

Era una intuición que tendría que poner a prueba construyendo alternativas concretas, demostrando que otra forma de usar estas herramientas era posible, que el bien común no era una utopía sino una práctica cotidiana que podía comenzar aquí mismo, desde mi pequeña ciudad en el sur del mundo.


Tercer Movimiento: Hacia una ética del cuidado compartido

Fue leyendo sobre la economía del bien común de Christian Felber que comencé a intuir que existían alternativas reales a la falsa dicotomía entre comunismo y libre mercado. Felber propone algo aparentemente simple pero revolucionario: medir el éxito económico no por la acumulación de capital, sino por el bienestar que genera para las personas y el planeta. No es una utopía abstracta, sino un modelo que ya se practica en cientos de empresas y municipios alrededor del mundo.

Pero no tuve que ir muy lejos para encontrar ejemplos de esta ética en acción. Mis padres viven hoy en una comunidad que se construyó hace cuarenta años bajo principios que, sin saberlo entonces, anticiparon o forjaron muchas de las ideas que ahora quiero promover. Fue un proyecto de autoconstrucción liderado por dos sacerdotes, Pedro Kliegel y Vicente Gottschalk, que entendieron que la vivienda digna no era solo un derecho individual, sino una práctica comunitaria, la Población San Maximiliano Kolbe de Osorno.

Durante años pude ser testigo de las actividades de esa comunidad a través de mis tíos Juan y Fely, dos profesores normalistas (hoy jubilados) que quiero como segundos padres. Vi cómo funcionaba una economía basada en la reciprocidad: familias que se ayudaban mutuamente para terminar sus casas y se ayudan, incluso hoy, si alguna familia sufre algún siniestro, toda la comunidad se articula y colabora para volver a poner en pié sus vivienda. No es perfecta — ninguna comunidad humana lo es — pero demuestra que es posible vivir de otra manera, priorizar el cuidado mutuo por sobre la competencia individualista.

Esa experiencia me enseñó algo fundamental: el bien común no es una teoría política, sino una práctica cotidiana. Se construye en las decisiones pequeñas, en la forma como nos relacionamos con nuestros vecinos, en cómo usamos nuestros recursos, en si elegimos colaborar o competir, incluir o excluir, cuidar o explotar.

Cuando aplicamos esta perspectiva a la inteligencia artificial, las preguntas cambian completamente. En lugar de preguntarnos qué tecnologías podemos desarrollar, nos preguntamos qué problemas sociales podemos resolver. En lugar de maximizar la eficiencia, buscamos maximizar el bienestar. En lugar de concentrar poder en unas pocas manos, exploramos cómo distribuirlo de manera más equitativa.

Desde mi compromiso y visión profesional he comenzado a experimentar con esta aproximación. Cada proyecto que emprendo se evalúa no solo por su viabilidad técnica o económica, sino por su capacidad de empoderar comunidades vulnerables, reducir desigualdades y fortalecer la democracia. Es un trabajo lento, a veces frustrante, pero necesario.

Porque la revolución de la inteligencia artificial está sucediendo con o sin nosotros. La pregunta no es si estas tecnologías van a transformar nuestras sociedades — ya lo están haciendo — sino si esa transformación va a servir para concentrar más poder en las élites globales o para democratizar oportunidades y capacidades.

He aprendido que esta no es una pregunta que se responde una sola vez, en una declaración de principios o en un foro internacional. Se responde día a día, proyecto a proyecto, conversación a conversación. Se responde cuando elegimos usar nuestro conocimiento técnico para empoderar comunidades en lugar de crear productos que generen adicción. Se responde cuando optamos por la transparencia en lugar del secretismo corporativo. Se responde cuando priorizamos la sostenibilidad por sobre las ganancias de corto plazo.

Esta ética del cuidado compartido trasciende los marcos ideológicos tradicionales. No se trata de ser de izquierda o de derecha, sino de ser humanos en un planeta que tiene límites. No se trata de abolir la tecnología ni de abrazarla acríticamente, sino de ponerla al servicio de la vida. No se trata de renunciar al progreso, sino de redefinirlo en términos de bienestar colectivo en lugar de acumulación individual.

El desarrollo sostenible, la economía circular, la democracia participativa, la tecnología responsable: todos estos conceptos apuntan hacia la misma dirección. Hacia un modelo de desarrollo que entiende que estamos interconectados, que lo que le pasa a una parte del sistema afecta al conjunto, que la diversidad es una fortaleza y no una amenaza.

Desde el sur del mundo, esta perspectiva no es nueva. Los pueblos originarios la han practicado durante milenios. Las comunidades rurales la entienden intuitivamente. Lo que es nuevo es la posibilidad de escalarla, de convertirla en la lógica dominante de nuestras instituciones económicas y políticas.

Pero esto requiere algo que los modelos hegemónicos no pueden ofrecer: requiere una rebeldía constructiva, propositiva y activa, que no se conforme con denunciar lo que está mal sino que construya alternativas concretas. Requiere miles de personas que elijan actuar con conciencia, responsabilidad y esperanza, transformando la historia desde sus propias vidas cotidianas.

Esta rebeldía no es violenta ni destructiva. Es la rebeldía del campesino que practica agricultura regenerativa mientras sus vecinos usan pesticidas. Es la rebeldía del programador que desarrolla software libre mientras sus colegas construyen sistemas de vigilancia. Es la rebeldía del educador que enseña pensamiento crítico mientras el sistema promueve la memorización. Es la rebeldía del ciudadano que verifica información antes de compartirla mientras otros amplifican fake news.

Es, también, la rebeldía del hijo que responde de manera distinta a las preguntas de su padre.


Regreso a la mesa familiar

Tiempo después de aquella pregunta que me dejó sin respuesta, volví a encontrarme con mi padre en la misma mesa, viendo las mismas noticias de violencia globalizada, ahora el turno era de conflictos bélicos entre Israel, Irán y Estados Unidos. Esta vez, cuando me preguntó en qué lado estaba, tenía una respuesta.

“Estoy del lado del respeto a los derechos humanos”, le dije. “Del lado de la no violencia y las soluciones pacíficas. Del lado del bien común por sobre los intereses particulares. Del lado de quienes cuestionan los modelos hegemónicos no para destruir, sino para construir algo mejor.”

Mi padre me miró con esa mezcla de orgullo y perplejidad que reservaba para las ocasiones en que no estaba completamente seguro de si estaba de acuerdo conmigo o no.

“Y eso qué significa en la práctica?”, me preguntó.

“Significa que la historia no se transforma solo con grandes discursos o reformas institucionales”, le respondí. “Se transforma también desde la vida cotidiana, cuando miles de personas eligen actuar con rebeldía constructiva, propositiva y activa, a conciencia, con responsabilidad y esperanza.”

No sé si mi respuesta lo convenció. Sospecho que siguió pensando que yo era demasiado idealista, que el mundo real funcionaba con lógicas más pragmáticas. Y tal vez tenía razón. Tal vez lo que llamo ética del cuidado compartido no sea más que el idealismo de alguien que ha tenido el privilegio de formarse en universidades públicas nacionales y otras del primer mundo y trabajar en proyectos que le gustan.

Pero también es posible que él estuviera comenzando a dudar de sus propias certezas. Que después de cuarenta años de democracia que no cumplió todas sus promesas, después de ver a un país seguir viviendo con la misma precariedad que él había esperado superar, estuviera abierto a considerar que quizás los problemas eran más profundos de lo que había querido admitir.

En todo caso, seguimos conversando. Y esa, tal vez, sea la respuesta más honesta que puedo ofrecer a quienes buscan saber cuál es el lado correcto de la historia: no lo sé con certeza absoluta, pero sigo construyendo la respuesta en cada conversación, en cada decisión, en cada proyecto.

Porque estar del lado correcto de la historia no es una posición que se alcanza de una vez para siempre. Es una práctica que se renueva día a día, con la humildad de quien sabe que puede equivocarse y la determinación de quien no puede eludir la responsabilidad de elegir.

Desde mi pequeña ciudad en el sur del mundo, con todas mis contradicciones y limitaciones, sigo eligiendo el cuidado por sobre la explotación, la cooperación por sobre la competencia destructiva, la diversidad por sobre la uniformidad, la sustentabilidad por sobre la ganancia inmediata.

No porque tenga la certeza de que este es el único camino correcto, sino porque es el camino que me permite dormir tranquilo, sabiendo que cada día trato de dejarle a mis hijas el mundo un poco mejor de como lo encontré.

Y quizás esa sea la única forma honesta de estar del lado correcto de la historia: no desde la arrogancia de quien cree tener la verdad, sino desde la humildad de quien sigue buscándola, palabra a palabra, acción a acción, conversación a conversación.


Descargo de responsabilidad

Este ensayo no pretende ser un trabajo científico ni académico, ni establecer verdades absolutas sobre los fenómenos históricos, políticos o éticos que aquí se abordan.

Su objetivo principal es abrir preguntas fundamentales, promover conversaciones profundas, invitar a la reflexión crítica y, sobre todo, movilizar hacia la acción colectiva transformadora.

Está escrito desde una mirada explícitamente comprometida, situada geográficamente en el Sur Global, desde un ser humano cualquiera, de mediana edad, que ha tenido la oportunidad de conocer el mundo más allá de la Cordillera, más allá del gigante Pacífico, con sus propios prejuicios, intereses, motivaciones y posicionada éticamente a favor del bien común.

Reconocemos las limitaciones de cualquier marco conceptual para abordar la complejidad social contemporánea, e invitamos a lectores y lectoras a enriquecer, cuestionar y adaptar estos postulados a sus contextos específicos.

Este es un ensayo vivo, abierto a ser mejorado colectivamente por quienes comparten sus principios fundamentales y desean contribuir a su desarrollo.


Sobre el autor

Rodrigo Carrillo González es Ingeniero y Máster en Gestión de la Ciencia y la Innovación, apasionado por la Sociología, Filosofía, Historia, Tecnología (Inteligencia Artificial), Desarrollo Sostenible y Educación.

Es fundador y vicepresidente de la Asociación Chilena de Inteligencia Artificial para el Desarrollo Sostenible (ACHIADS) y creador del ARES-AI Framework, una metodología para la adopción Agil, Responsable-Ética y Sostenible de la IA en organizaciones. Como socio y director de Sube IA, apoya a organizaciones en la implementación ética de inteligencia artificial.

Es autor del libro “La revolución de la inteligencia artificial para alcanzar los ODS” (Amazon, 2023), donde explora cómo la IA puede contribuir a resolver los grandes desafíos globales a través de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Su trayectoria profesional está marcada por la convicción de que la tecnología debe estar al servicio de la dignidad humana, la equidad social y la sostenibilidad. Ha trabajado en múltiples territorios y sectores, integrando ciencia, educación, gobiernos locales y sociedad civil.

Este ensayo nace de su deseo profundo de aportar a una ciudadanía más consciente, activa y solidaria; una que no se someta acríticamente a los relatos de poder dominantes, sino que los cuestione, los transforme y construya nuevos futuros posibles desde una ética común y global.

Contacto e información adicional:

La historia no se transforma solo con grandes discursos o reformas institucionales. Se transforma también desde la vida cotidiana, cuando miles de personas eligen actuar con rebeldía constructiva, propositiva y activa, a conciencia, con responsabilidad y esperanza.

Rodrigo Carrillo González

Osorno, Región de Los Lagos, Chile, Junio de 2025

Categorías: Sociedad

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CONSULTOR DE PROYECTOS DE INNOVACIÓN, EMPRENDIMIENTO Y TECNOLOGÍA PARA ORGANIZACIONES EN CHILE Y LATINOAMÉRICA Ingeniero Civil Industrial con mención en Informática, apasionado por la Innovación, Emprendimiento y Tecnología. Stanford GSB Ignite

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