El lunes 25 de mayo de 2026, el Papa León XIV publicó Magnifica Humanitas, la primera encíclica de la historia dedicada íntegramente a la inteligencia artificial.
Algunos en el sector tecnológico la descartarán como un documento religioso sin relevancia práctica. Otros la celebrarán como respaldo moral a posturas que ya sostenían. Ambas reacciones serán cómodas. Ambas serán equivocadas.
Porque lo que el Papa escribió no es ni un sermón ni un manual técnico. Es un diagnóstico político, económico y filosófico que muchos líderes tecnológicos no se han atrevido a formular con esa claridad — o no les conviene hacerlo.
Digan lo que digan, la IA no es neutral
La frase más incómoda de la encíclica no habla de Dios. Habla de poder.
“La IA no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza.”
Eso no lo dijo un activista de izquierda ni un académico crítico en una conferencia de ética. Lo dijo el líder espiritual de dos mil millones de personas, en el documento más solemne que existe en su tradición. Y es verdad.
Sam Altman pasó de pedir regulación federal ante el Senado de Estados Unidos en 2023 a calificar esas mismas propuestas como “desastrosas” en 2025. El cambio no fue intelectual. Fue político. Fue de negocios. Fue de contexto geopolítico. Eso es exactamente lo que significa que la IA “toma el rostro de quien la financia”.
Jensen Huang declaró en marzo de 2026 que ya alcanzamos la AGI. NVIDIA vale más de cuatro billones de dólares. Nadie en ese ecosistema tiene incentivo real para frenar, auditar o redistribuir. El mercado no premia la prudencia. Premia la velocidad.
Entonces, ¿quién defiende el interés público si los que construyen la tecnología tienen conflicto de interés estructural con hacerlo?
El sur global no puede seguir mirando desde las gradas
Aquí viene lo que menos se dice en los foros de IA donde participan los mismos de siempre.
Geoffrey Hinton, Premio Nobel de Física 2024, estima entre 10% y 20% de probabilidad de extinción humana por IA en treinta años. Yoshua Bengio dedica su vida entera a advertirlo. El FMI calculó que el 40% de los empleos mundiales está expuesto a la disrupción por IA. La Unión Africana señala que África concentra apenas el 1% de la capacidad de cómputo mundial.
Y mientras todo eso ocurre, ¿dónde está América Latina en la conversación?
En los márgenes. Importando tecnología que no diseñamos. Adoptando modelos entrenados con datos que no nos representan. Implementando sistemas cuyos sesgos fueron documentados para otros contextos. Discutiendo regulación que otros países ya aprobaron, mientras aquí seguimos en etapa de “sensibilización”.
Lula lo dijo con claridad en la Cumbre AI Impact de Delhi, en febrero de 2026: “Los algoritmos no son meramente aplicaciones de códigos matemáticos. Son parte de una estructura de poder compleja. Sin acción colectiva, la inteligencia artificial profundizará desigualdades históricas.”
No lo dijo como retórica. Lo dijo como advertencia concreta a una región que aún no termina de tomar en serio que esto no es una tendencia tecnológica más. Es una reconfiguración del poder global. Y estamos llegando tarde.
Soy entusiasta. Y precisamente por eso lo digo.
No escribo esto desde el escepticismo ni desde el miedo. Llevo años trabajando con IA, formando equipos, acompañando organizaciones en procesos de transformación digital real. Creo en el potencial de esta tecnología para cambiar vidas, mejorar sistemas de salud, democratizar el acceso al conocimiento y hacer más eficiente el trabajo de personas y organizaciones en toda la región.
Pero ser entusiasta de la IA no me obliga a ser ingenuo sobre cómo opera el poder.
Desde Sube IA trabajamos con un marco que llamamos ARES-AI — Ágil, Responsable Éticamente y Sostenible — porque aprendimos que desplegar IA sin esas tres condiciones no es transformación: es importar un problema nuevo con etiqueta de solución. Desde ACHIADS empujamos para que Chile y la región tengan representación real en los espacios donde se define la gobernanza global de esta tecnología, porque si no estamos en la mesa, estamos en el menú.
El Papa no me enseñó eso. La práctica sí. Pero agradezco que alguien con esa audiencia lo diga en voz alta.
Lo que nadie quiere admitir públicamente
Hay cinco cosas en las que casi todos los actores relevantes coinciden en privado y evitan decir en público con esa crudeza:
Primero, la concentración del poder de la IA en cuatro o cinco empresas y dos países es un problema de gobernanza global tan serio como el cambio climático, y avanza más rápido.
Segundo, los modelos actuales fueron entrenados mayoritariamente con datos del norte global, en inglés, con visiones del mundo que no son universales. Eso tiene consecuencias reales sobre quién se beneficia y quién paga los costos.
Tercero, los trabajadores que etiquetan datos para entrenar los sistemas más avanzados del mundo lo hacen, en muchos casos, en condiciones que el Papa llamó correctamente “nuevas esclavitudes”. Eso no es metáfora: es una cadena de suministro invisible que sostiene la industria.
Cuarto, el debate sobre “riesgo existencial” muchas veces desplaza el debate sobre los daños presentes, concretos y documentados: sesgos raciales en reconocimiento facial, automatización de despidos, desinformación electoral, vigilancia sin control democrático.
Quinto, no existe hoy ningún mecanismo internacional vinculante para gobernar la IA. Ni uno. La Ley de IA de la UE es un avance importante pero alcanza solo a su jurisdicción. Todo lo demás son declaraciones voluntarias firmadas por los mismos que tienen interés en que no haya consecuencias reales por incumplirlas.
Entonces, ¿qué hacemos?
Primero, dejar de tratar la gobernanza de la IA como un tema de especialistas y empezar a tratarla como lo que es: una decisión política de primera importancia que afecta a toda la sociedad.
Segundo, exigir que la región tenga posición propia. No copiar la regulación europea sin adaptarla. No importar el marco chino. No seguir el ritmo de la desregulación estadounidense. Construir desde nuestra realidad, con nuestra diversidad, con nuestra historia.
Tercero, que quienes trabajamos en IA en América Latina dejemos de pedir permiso para opinar en los espacios globales. Tenemos experiencia, tenemos perspectiva y tenemos algo que decir que los laboratorios del norte global genuinamente no tienen: sabemos lo que significa implementar esta tecnología donde los recursos son escasos, las brechas son profundas y las instituciones son frágiles.
El Papa abrió una puerta. Los científicos llevan años tocando la alarma. Los del sur global llevamos tiempo levantando la mano.
La pregunta no es si la IA va a transformar el mundo. Eso ya está ocurriendo.
La pregunta es si vamos a ser sujetos de esa transformación o simplemente objetos de ella.
¿Estás de acuerdo? ¿Crees que exagero? ¿O crees que me quedé corto? Escríbelo en los comentarios — este es exactamente el debate que necesitamos tener.
Rodrigo Carrillo
Socio y Director — Sube IA (subeia.tech)
Vicepresidente — Asociación Chilena de Inteligencia Artificial para el Desarrollo Sostenible (ACHIADS)
0 Comentarios